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Las ideas de este urbanismo decimonónico francés se sustentaban en los tres pilares de la funcionalidad vial, el higienismo positivista y las ideas de la estética urbana que afianzaban la belleza arquitectónica y paisajística.En la fase funcional se incluían – en directa vinculación con los preceptos higienistas- los temas vinculados al abastecimiento de aguas y eliminación de residuos.A esto se le daba tanta importancia, debido a las epidemias, que no debe sorprendernos que a comienzos del siglo XX hubiera urbanistas que tomaran este aspecto como central en sus propuestas de planos urbanos (16).Las innovaciones sobre la circulación de vehículos y tráfico y aún los proyectos utópicos de ciudades reguladas por las vías de comunicación en altura fueron impulsadas tempranamente por Eugene Hénard (1849-1923), animador de las primeras tertulias y congresos de urbanismo.Las esporádicas visitas de Joseph Bouvard, otrora Director General de la Exposición de Paris de 1900, convocado para los planes urbanos en Buenos Aires y Rosario habrían de consolidar esta faceta en el campo urbanístico (5).También fue muy importante en toda América Latina la participación de los urbanistas franceses en la realización de planes para nuevas ciudades o para el acondicionamiento de antiguos asentamientos (6).Bouvard, Agache, Jaussely, Lambert, Rotival y Forestier fueron algunos de los impulsores de esta presencia activa de los urbanistas franceses en los países de la periferia europea y americana (22).

Siguiendo los lineamientos de la pedagogía academicista de la École des Beaux Arts, donde se habían formado la mayoría de estos arquitectos urbanistas, primaban las ideas del “arte urbano” y el “carácter” que debían asumir las ciudades según su rango administrativo, lo que determinaba la proyección de sus avenidas y diagonales y la gravitación de la edificación pública como impusiera en París el Barón Haussman (1809-1891) (8).Según ellos la aceptación de las premisas higienistas de la ventilación y oxigenación llevaba a prever áreas verdes de casi un 22% de la superficie urbana (según el proyecto de Agache para Canberra) lo que en muy pocos casos habría de lograrse ya que París tenía solamente un 4%, Berlín un 10% y Londres el 15%.Junto a estas zonas verdes, adquirían creciente importancia los espacios públicos destinados a actividades lúdicas y deportivas.En esta perspectiva Sitte rechazaba la cuadrícula como expresión de sociedades carentes de espesor histórico.Sin embargo, como señalan los Collins, Sitte (1843-1903) ocupaba un espacio central en la naciente profesión de urbanista, aunque los planificadores alemanes estuvieran más preocupados en las reformas administrativas municipales que en las ciudades como obras de arte como sucedía con los franceses (10).

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